Juan Carlos Troccoli Hace unos días - el 27 de julio del mes - TopicsExpress



          

Juan Carlos Troccoli Hace unos días - el 27 de julio del mes pasado, se cumplieron cuatro años desde que se nos fue el Flaco Osvaldo Alvarez Guerrero. Una de sus últimas columnas en el diario de Rio Negro me pareció excelente para rescatarla y transcribirla aquí. A pocos días de las elecciones primarias, me parecieron más que interesantes las reflexiones sobre el Poder, que nos dejó Osvaldo. Recordando que la nota fue escrita en 2008. En medio de tanta chantería intelectual, algunos pretendemos, tal vez ilusamente - rescatar el debate ideológico. Nos sentimos obligados a indagar sobre algunas cuestiones teóricas que otorguen identidad a nuestro discurso. Esa era la clave de cada escrito o reflexión de Osvaldo y me parece que siguen vigentes. PODER DESNUDO Por Osvaldo Álvarez Guerrero Si se quisiera caracterizar con una sola nota el modo y motivo del funcionamiento del sistema de gobierno realmente existente en la Argentina , habría que hacerlo mediante una definición política psicológica del matrimonio Kirchner-Fernández. Su rasgo más peculiar es la voluntad pertinaz por la acumulación y conservación del poder, una sed, que por el momento parece insaciable, por sumar capacidades para determinar, mediante la compra de voluntades, la presión persuasiva y eventualmente la coerción, la conducta de otras personas. Es curioso que en la Argentina no haya estudios y análisis sicológicos de nuestros políticos y gobernantes, si se tiene presente el avance de estas disciplinas y de su protagonismo en la cultura general de nuestra sociedad. Sea por pudor o por temor profesional, aunque a veces se mencionan en términos generales las neurosis que padecemos los argentinos, casi nunca se hacen referencias mas serias y precisas en relación a los gobernantes, dirigentes políticos, sindicales o empresariales. Y no es, seguramente, porque no existan interesantes posibilidades para el desarrollo de esos análisis, teniendo en cuenta los sujetos en juego y sus destinatarios. Pero, con participación de los estudios de la psicología o sin ella, obviamente puede convenirse que esta obsesión por el poder es una patología política que tiene ejemplos y precedentes en la Argentina y en el mundo. Suele ser definida por los politólogos de moda como “populismo autoritario”, un nombre que a mi juicio es demasiado benevolente y no tiene en cuenta la personalidad individual de los conductores populistas y autoritarios. Por lo demás, en nuestro país hay una gran parte de la población que no tiene ninguna afición por la democracia liberal con partidos políticos y parlamentos protagonistas en las decisiones y acciones de gobierno. Uno de los elogios frecuentes que se hacen de esta fuerza es que “los peronistas saben ejercer el poder, y lo hacen sin dudas ni remilgos”, y esta afirmación conlleva el juicio positivo de que el ejercicio del poder es una virtud porque no se atiene a demasiados escrúpulos democráticos propios de la mentalidad liberal Todo el espectro de politólogos profesionales del país, incluyendo a muchos intelectuales académicos y a los observadores y columnistas sin esa especialidad posmoderna coincidió en que un mérito innegable del ex presidente Kirchner, fue el haber restablecido el poder de la autoridad presidencial hace cuatro años. Es, en todo caso, para un país que ha sufrido presidencialismos dictatoriales, un merito discutible. Obviamente, para la teoría democrática, esto no debiera ser así, pero muchos demócratas creen que la política es el arte y la ciencia del ejercicio del poder. El poder en si mismo no tiene nada de inmoral. De hecho el poder publico tiene, para la teoría democrática, un fundamento ético: solo es admisible si se destina al bien común considerado tal por el libre consentimiento de los gobernados. El cimiento ético del poder consiste en exigirle a quien lo detenta la prestación del servicio para el bien común. Queda prohibido según este pensamiento republicano, cualquier búsqueda del poder motivado por el goce personal y la fortuna material, y la codicia sin límites para perpetuarse en su ejercicio ya sea por si o por sus familiares. No es este el tipo de poder en el que, aparentemente juzgando sus acciones, piensan los actuales gobernantes. El intento y la pretensión son más bien cercanos a la idea de un poder desnudo, sin ningún otro limite que no sea el natural en un mundo competitivo, en el que no son solo ellos los que guardan, más o menos secretamente, ese objetivo. Esa ansia de acumulación de poder conlleva un elemento imprescindible: el poder personal se concibe siempre acompañado por el éxito en la obtención de fortunas propias. Es decir, un sólido y concreto respaldo económico de suficiente envergadura para no compartir ese instrumento de dominio, y que le permitiría, en todo caso, asociarse a ellos. Se trata de lo que se denomina el “capitalismo de amigos”. Este mecanismo de poder tiene una larga tradición en el realismo político; y podríamos encontrarlo, sin demasiado esfuerzo, en países con gobiernos electos por el pueblo, como la Italia actual. O, con otra característica, en el Brasil de hoy, que aunque exitoso en su crecimiento económico, su gobierno, integrado mayoritariamente por ex trotskistas, esta acosado por las denuncias sobre el sistema de corrupción instalado por el partido oficialista, en beneficio de sus cúpulas. Para no hablar de la República Bolivariana de Venezuela, que también tiene lo suyo. El poder también implica una desigualdad de recursos para ejercer coerción o persuasión, y por lo tanto todo poder supone algún tipo de conflicto. Tratándose de una relación asimétrica, el dominante y el dominado (el que tiene poder y el que no lo tiene) hay inicialmente en el proceso un cierto antagonismo entre las partes. Muchas veces, a pesar del éxito del poderoso en el ejercicio del poder, el conflicto se produce al final del proceso, es decir que queda el resentimiento, el rencor en el vencido que ya carece de un poder equivalente. La consecuencia recurrente de esta presencia de rencor del vencido o del dominado, o del derrotado, es la paranoia del gobernante autoritario. Este se siente perseguido, objeto de conspiraciones, sujeto a todo tipo de sobresaltos y viendo enemigos por todos lados. El poder centralizado y personal que se ha estado conformando en el gobierno (exclusivamente protagonizado por el Poder Ejecutivo) es una expresión de la decadencia de la democracia liberal en nuestro país, de los partidos políticos y del ámbito propio en que estos desempeñan su rol, es decir, el Parlamento. Su virtual desaparición da lugar a las formas corporativas de acción directa, la protesta, o la presión chantajista sobre el poder político, que ejercen los sectores económicos o la acción sindical. La puja distributiva queda sin mediación institucional, “cuando los canales institucionales están obturados, los conflictos estallan y los intereses se manifiestan de modo desordenado” tal como muy bien lo ha descripto Aleardo Laría en una nota de esta misma Seccion (Democracia y Conflicto, 11 de abril de 2008). Quedan los medios de prensa y las libertades de expresión, que son una característica del sistema democrático. Sin embargo, el “cuarto poder” puede influir en las decisiones del gobierno y en la opinión publica, pero por si mismo no puede gobernar. La prensa independiente, o aun la opositora, no dicta decretos ni sanciona leyes ni dicta sentencias judiciales. Así las cosas, la rápida evolución hacia la concentración personal del poder desnudo debiera encender todas las alarmas criticas, y pensar cuales son las vías democráticas, y en qué condiciones políticas y sociales puede detenerse o modificarse esta tendencia. Algo que suele desvelar a muchos argentinos inquietos por un futuro de siniestras incertidumbres. (Publicado en “Rio Negro” Gral. Roca, el 3 de mayo de 2008.)
Posted on: Tue, 06 Aug 2013 23:22:51 +0000

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